Un Tranvía en SP, Unai Elorriaga Por Luisfer Romero Calero, en 10 de Septiembre de 2007 Muchas personas quedaron desconcertadas cuando en 2001, se le concedió el Premio Nacional de Narrativa al joven vizcaíno Unai Elorriaga (1973) por SPrako tranbia, una novela en euskera que aún no había sido traducida al español. Después de obtener este galardón, se despertó una intensa curiosidad por ver qué había escrito Elorriaga, que entonces contaba con 28 años y ninguna novela anterior. Yo fui uno de aquellos curiosos, y tras una inevitable traducción y el lanzamiento por parte de la editorial Alfaguara, me propuse leerlo con las expectativas muy altas y con la esperanza de que Elorriaga fuera representante de una nueva y mejor generación para la literatura española. El libro versa sobre Lucas, un anciano enfermo de Alzheimer que sueña con ir al Himalaya y sobrellevar sus últimos años de vida lo mejor posible. Tras presentar a Lucas, aparecen también varios personajes, de forma que cada capítulo está centrado en uno de ellos, alternándose los narradores según dichos capítulos y por tanto puntos de vista sobre los mismos hechos con determinada frecuencia. Elorriaga ha escrito la novela de su vida, a menos que nos demuestre lo contrario. Por ahora, con sus dos novelas posteriores, no sólo no lo ha demostrado, sino que se puede intuir que el caso de esta novela quizás fuese cosa de flor de un día. Pero lo cierto es que esta obra está escrita con un cariño y una sabiduría fuera de lo común. Mientras que se narra una historia común y cotidiana, con un encanto especial hacia los personajes, se cuenta que un paquete tiene un tamaño “amable” o se define ese periodo en el que “el día deja de ser día”, logrando una implicación extraordinaria con el lector, al que se mete en el bolsillo con apenas varios párrafos. Las frases cortas y los párrafos de dos o tres líneas son lo predominante, de modo que cada frase entre de lleno en el lector con mensajes cargados de vitalismo, gusto por la ensoñación y por la utopía, y el mensaje “nada es imposible” se muestra muy claramente, hasta hacerse omnipresente una envolvente atmósfera onírica. El aspecto visual de la novela es sin duda su mayor virtud, ya que gracias a esas frases cortas antes mencionadas, se consigue un impacto por el cual el lector tiene inevitablemente que imaginarse las vidas que se le están contando con una empatía y una atención impresionante, hasta el punto de que a veces la narración se corta justo en medio de una frase, como si se tratase de distracciones o de cambios de opinión. Y en ningún momento esto provoca que la lectura sea tediosa. Todo lo contrario. Un Tranvía en SP es, hoy por hoy, una de las novelas españolas de lectura más amena y de pasajes más hermosos que se puedan encontrar. El lenguaje, como se ha comentado antes, roza lo poético, por su belleza y por su evocación de imágenes paisajísticos, sonoros y por saber llegar a los sentimientos de sus personajes por medio de un estilo caóticamente ordenado, irónico y humorístico, y sin duda divertido. Sobretodo emociona al lector el derroche de amor y cariño apreciables en esta novela, que narrados con maestría y con un esfuerzo palpable, hacen que a todas luces se trate de un libro especial. Probablemente se echa en falta una mayor continuidad en los hechos que se relatan, ya que, ahogado por su genial estilo y por su burtoniana mezcla de rutina y maravilla, se hace difícil no perderse en esa intrincada combinación de cotidianeidad y fantasía. Además, Un Tranvía en SP no está exenta de tópicos, ya que la forma de ser de algunos personajes ha sido sin duda vista antes, y Elorriaga ha de compensarlo con mayores arrebatos de imaginación. Su obsesión porque cada capítulo sea contado por un personaje conlleva a que cada uno de ellos tenga su propio estilo y personalidad, y a veces, parece como si todos narrasen de la misma forma. La forma en la que se mezclan fantasía y realidad, unido al originalísimo lenguaje con el que está contado, hacen de Un Tranvía a SP una obra ciertamente memorable, que no debería ser castigada con el paso del tiempo. Sin embargo, no es aquella novela revolucionaria que algunos quieren ver. Se muestran destellos de algo genial y nuevo, sí, pero en ocasiones da la impresión de que todo se queda a medias, como si fuera un proyecto inconcluso. Elorriaga está en ocasiones tan preocupado por contar las cosas de un modo nuevo, que obvia una historia que, a todas luces, daba para más. Lee un fragmento PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA A UN JOVEN VASCO / SPrako tranbia / Un tranvía en SP Literatura. El profesor bilbaíno Unai Elorriaga, ganó el Premio Nacional de Literatura (modalidad narrativa) con su primera y única novela, SPrako tranbia, escrita en euskara y publicada por la editoral Elkar. SPrako tranbia, que se traduce como Un tranvía en Sisha Pangma (nombre de una montaña del Himalaya a la que quiere subir el protagonista), narra el proceso de enloquecimiento de un anciano. La concesión del premio ha despertado una profunda polémica. A un jurado que desconoce el euskara, le bastaron dos capítulos traducidos al castellano para seleccionar la obra.Finalmente, antes de decidirse el ganador, el autor tradujo todo el texto. Por todo esto publicamos varios extractos en euskara y en castellano para que puedan «comparar». SPrako tranbia Negar egitekoa izan da. Liburutegian sartu eta, betiko moduan, apal guztietatik ibiltzea, ordenarik gabe, begiak libururik liburu, irakurrita izan zein izan ez, eta liburutegira zerk eraman nauen gogoratzea -Borges, Jorge Luis- eta metodikoki bilatzen hastea: Bor, Bor, Bor eta Borges topatu beharrean Boralli, Ivan topatzea eta zeharo harritzea, ez dudalako inondik ezagutzen, eta literaturaz asko dakiten lagunei galdetu diedalako eta beraiek ere ez, eta liburua hartzea, Gaiztakerien gaztelua, 1876, eta negar egitekoa izan da: ez nik edo lagunek edo munduko entziklopedia guztiek edo Internetek Boralli ez ezagutzea, baizik eta Boralliren beraren semearen alabaren alabaren semeak ere ez ezagutzea, nahikoa duelako ordenagailuari aginduak emateko jakin beharrekoa ikastea, edo futbolari ohi batek idatzitako liburuaren izenburua gogoratzea.Negar egitekoa izan da, halaber, Ivan Boralli ni bilatzen ari nintzena -Borges, Jorge Luis- aurkitzeko oztopoa baino ez dela izan sumatzea. Gero nire ipuinak gogoratu ditut, eta poema txiki batzuk. Eta imajinatu dut nire izena Ivan Boralli dela, edo arruntago bat; oztopo aspergarri bat baino ez naizela liburutegi batean, ehun eta hamaika urte barru. Ivan Boralli hura, gainera, hiri handi bateko notario izango zen ziurrenik, eta kapela eskuan agurtuko zuten. Jakin da, bestalde, ondo ezagutu zutenek adierazita, jakituria entziklopedikoa zuela, eta karisma ikaragarria. Beraz aitortu diot neure buruari Boralli baino hamar puntu beherago nago ni; idazle izateko notario izateak bi puntu balio baititu, jakituria entziklopedikoak beste hiru eta karismak bost. Eta liburutegira noan bakoitzean gauza bera gertatzen zait, dela Ivan Boralli, dela Arturas Dztnik edo dela Erhard Horel Beregor.Beraiek dira gizon zaharrak eta ni gizon berria. Beraien obraz erraz trufa naiteke; nire obra propioaz trufatzen naizen bezala. Baina inpresio hori ez dut liburutegietan soilik izaten. Astronautak ikusten ditudanean gauza bera pentsatzen dut: kasu horretan, berriz, beraiek dira gizon berriak eta gizon zaharra ni. Eta erraz egiten didate burla baina nik ezin diet burla hori bihurtu.Edo bai. Ez dut azkenean Borgesen libururik hartu; jakituria entziklopedikoegia zuen hark ere. Un tranvía en SP (Sisha Pangma) Ha sido triste. Entrar a la biblioteca y, como siempre, mirar en todos los estantes, sin orden, de libro en libro, los leídos y los no leídos, y recordar qué era lo que había ido buscar -Borges, Jorge Luis- y empezar a mirar metódicamente: Bor, Bor, Bor..., y en vez de Borges encontrar «Boralli, Ivan» y extrañarme, porque no conozco a Boralli de nada y porque he preguntado después a gente que sabe mucho de literatura y ellos tampoco, y coger el libro, Los diez anteojos, 1876, y ha sido triste: no porque yo o mis amigos o todas las enciclopedias del mundo o Internet no conozcamos a Boralli, sino porque el hijo de la hija de la hija del hijo del propio Boralli tampoco lo conoce; porque suficiente tiene con saber cómo se reenvía un mensaje de correo electrónico o con recordar el título de un libro escrito por un ex futbolista ex rumano. Ha sido triste, igualmente, sospechar que Ivan Boralli no haya sido más que un estorbo para encontrar lo que estaba buscando (Borges, Jorge Luis). Luego me he acordado de lo que yo mismo llevo escrito hasta ahora.Y me he imaginado que mi nombre es Ivan Boralli, o algún otro más vulgar; que voy a ser un estorbo más en una biblioteca, dentro de 111 años. Además, el verdadero Ivan Boralli sería, seguramente, notario de prestigio, y la gente le saludaría con nervios en las piernas, los domingos. Se sabe, por otra parte, que su erudición era enciclopédica y su carisma escandaloso. Así que he reconocido que estoy 10 puntos por debajo de Boralli.De hecho, ser notario son dos puntos, la erudición enciclopédica otros tres y el carisma cinco. Y siempre que voy a la biblioteca me pasa lo mismo, con Ivan Boralli, con Antanas Dztnik o con Erhard Horel Beregor. Ellos son los viejos y yo soy el nuevo, y me puedo reír de lo que escribieron, y rara vez me contestan. Pero esa impresión no sólo la tengo en la biblioteca; pienso lo mismo cuando veo astronautas. En ese caso, sin embargo, los astronautas son los nuevos y yo el viejo. Y son ellos los que se ríen de mí, y soy yo el que no puede contestar. O sí. Al final no he cogido ningún libro de Borges. Dicen que la nariz de Borges era lo más parecido a una enciclopedia. CLAVES UNAI ELORRIAGA Es profesor del Instituto Labairu de Bilbao, ciudad en la que nació en 1973. / «SPrako tranbia», su primera novela, fue publicada en euskara. La tradujo al castellano para que la leyera el jurado / En 156 páginas, narra el enloquecimiento de un viejo al que mantienen vivos un sueño y un recuerdo: ascender a la cima del Shisha Pangma y la imagen de su mujer subiendo a un tranvía